¿Cómo no ser William Hung?

Por: Daniel Álvarez

Si casi pudo ser Ricky Martin una vez, ¿de qué otras cosas podrá ser capaz?

¿Cómo distinguir el acierto del error? ¿Se acuerdan de William Hung? Si no lo recuerdan, Hung fue uno de los concursantes más exitosos de American Idol (2004) precisamente porque su actuación exhibía, casi con elocuencia, la verdadera premisa de dicho programa: domesticar la fama es rentable, democratizarla no.

Por supuesto, esta simplificación es burda en relación al fenómeno cultural que refiere; pues aunque el éxito propició una plataforma que otros programas han sabido diversificar alrededor del mundo por más de diez años, su fundamentalismo se ha mantenido prácticamente intacto, eso sí, más maduro: la fama es la moneda (currency) del talento. Inercia que, a mi parecer, entorpece campos de acción menos espectaculares y que quizá no relacionamos en primera instancia con el golpe de suerte (de $800,000 USD) del actual analista del crimen y pasante de ingeniería civil, William Hung, según el sitio web Celebs Net Worth Today. Dejar la universidad no parece, visto así, tan mal negocio.

Si la fama puede democratizarse o no, es algo que desconozco; pero tampoco es lo que nos ocupa en estos momentos donde un usuario promedio de las redes sociales como yo, se descubre todos los días rebasado por sus contenidos. Lo mismo por cosas que me interesan que por anuncios y más anuncios para evitar los anuncios que sigues viendo porque no pagas y, dirían los anunciantes, está en ti pero te resistes.

En menos palabras: los gustos no rompen géneros. Y seguir preservando la memoria de William Hung nos saldrá más caro de lo que pensamos.

Ahora, ¿qué tiene que ver ese tal William conmigo? No lo sé y espero que poco o nada. Pero me pareció un buen referente para tratar de explicar mi torpeza con los tiempos de campaña. Leí Y nos siguen viendo la cara… y antes, Frágiles creencias, ambas publicadas en este mismo espacio y escritas por Ricardo Carapia y Fernando Corona respectivamente. Cada uno aborda desde lugares distintos, el cinismo que propagan los candidatos y sus intereses. Mientras Ricardo pregunta si de verdad esas son nuestras únicas opciones, si “¿Con esa lógica, tendremos entonces realmente el gobierno que merecemos”, Fernando hace un recuento del cómo, parafraseo, los intereses personales van sobre cualquier ideología, color, o trayectoria en la función pública. Y como sabemos, el recuento salpica a todos los actores políticos del momento.

Es fácil reconocer a Hung en la actualidad, Donald y Enrique tienen, por ejemplo, una deuda pendiente con el pasante universitario. Su presencia en la vida política nacional e internacional a pesar de ser, cada uno por méritos propios, perfectos incompetentes para el cargo y aprovecharse abiertamente de su posición para beneficiar a los suyos (¿su talento?), puede incluso leerse en el apellido de su antecesor como una profecía: colgados. En ese sentido, la soberbia también se vuelve predecible pues, ¿qué tienen para dar sino la estridencia o el ridículo que cansa, satura y distrae la mirada? Hay talento.

Y por ahí se asoma precisamente mi inquietud, reconocer un patrón o una tendencia no equivale a entenderlo, cuestionarlo y mucho menos a intervenir. Los candidatos, sus campañas y en suma, la acompasada frivolidad de sus intereses respecto a la responsabilidad de los cargos (beneficios) que persiguen es evidente, la esperamos y nos da risa. Parafraseando la famosa frase de Brecht, como sentimos que entendemos la mierda (casi) no nos asusta. Los viralizamos con desdén y no dudo que haya en ello una indignación más o menos clara. Aquí estoy yo también. Pero también sabemos jalar la palanca y eso precisamente: ¿sabemos qué pasa después del escándalo?

Dicho de otro modo, no dudo que exista una noción más o menos comprometida de que la argumentación es inherente al ejercicio democrático y las ideas, así a grandes rasgos, agregan (o restan) un valor intrínseco a las acciones que se pretenden políticas. Nos ayudan a irle dando forma a nuestros contextos y escenarios.

William Hung vendió 200,000 copias de su primer álbum, 35,000 del segundo y 7,000 del tercero y último. Donald ganó sin tener la mayoría de los votos y a más de un año de gestión (entre escándalos que disfruta cada vez menos) sigue alardeando. Y acá, las aspiraciones de los candidatos en México, deduzco, se alejan cada vez más tranquilamente del idílico cincuenta más uno con presupuestos millonarios, legales o alquímicos pero de todos colores, e incluso instituciones públicas procurando como outsourcing, el talento para la gestión pública que entre si es verdadero o no, hay que explotar.

Mi pregunta en ese sentido es: en un país que niega sistemáticamente reportes y evaluaciones de sus retrocesos en materia de transparencia, procuración de justicia o defensa de los DDHH; en un país acostumbrado al melodrama y sus lucrativos excesos; es decir, en un país que no espera nada de sus políticos y al mismo tiempo espera tanto de la democracia, ¿realmente podemos distinguir el talento de la fama y votar en consecuencia? Sospecho, como muchos de ustedes, que los políticos saben que la estridencia nos emociona y sirve también para domesticar el voto, no para democratizar un país.

¿Cómo no ser William Hung?

Twitter e Instagram: @dalgorozpe
https://trafficonstage.org
Advertisements

One Comment Add yours

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

w

Connecting to %s