Pauperización de la labor intelectual

Por Fernando Corzantes

Hace unos días recibí una amable invitación a colaborar en el Estudio de Estado para la Estrategia Estatal de Biodiversidad, con el apoyo de instituciones del Gobierno del Estado de Querétaro como la Secretaría de Desarrollo Sustentable (SEDESU), el Consejo Estatal para la Ciencia y la Tecnología (CONCYTEQ) y dentro de la iniciativa de las Estrategias Estatales de Biodiversidad coordinada por la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO) y por la Universidad Autónoma de Querétaro. La participación era la realización de un estudio de investigación con criterios editoriales a la altura de las instituciones convocantes, las cuáles demandan apegarse a las “líneas estratégicas que articula las acciones de participación de los sectores de la sociedad mexicana para dar cumplimiento a los tres objetivos establecidos en el Convenio sobre Diversidad Biológica (CDB): (1) Conservación de la biodiversidad, (2) Aprovechamiento sostenible de los recursos biológicos, y (3) Reparto justo y equitativo de los beneficios derivados del aprovechamiento de los recursos genéticos”. Nada más loable y necesario.

Pero el asunto es que al solicitar en qué consistiría la retribución económica (o en especie) a la alta labor solicitada, se me respondió que “No se contemplan pago, ni ningún tipo de emolumentos a los autores; la retribución es la publicación misma de la obra”.

Mi respuesta a la invitación fue la siguiente:

A través de éstas líneas me permito dar una respuesta a su amable invitación, y le doy mis argumentos.  Digamos que uno estudia, se especializa, desarrolla trabajo, publicaciones, etc., y de repente todo el mundo le cae para pedirle que si por favor pudiera realizar un estudio, reflexión, análisis de esto o aquello, y el modo en que lo plantean conlleva cierto chantaje: comienzan por decir “usted que escribe de forma tan admirable”, “es tan atinado” y asumen entonces que uno debió quedar agradecido con la invitación o lo que dijeron, y es cuando mandan el sablazo: trabajar de gratis. El trabajo intelectual es tratado como meretriz, pero no. Pues las meretrices cobran por lo que hacen, mientras que a uno (¿o debo decir una?) le quieren pagar con cariñitos falsos, como si el hecho de que le digan que es un gran prestigio el colaborar o aparecer en tal o en cuál título, sirviera para pagar en el mercado o el banco. Es la triste condición del que regala su trabajo, peor que la de meretriz, porque al menos estas señoras salen reconfortadas en lo monetario.   Ahora, pregunto: ¿Acaso a su amigo odontólogo le dice “tú que eres tan buen profesional de la salud, hace días vengo con una muela destemplada, será que tú…”? ¿O al vecino que es arquitecto le alaba el buen tino de sus diseños para pedirle a continuación que si le levanta gratis un plano? ¿O el que dibuja bien está obligado a hacerles retratos de sus hijos o de sus amigos a cambio de que le elogien su fino trazo o el exquisito manejo de la perspectiva?

El problema se ha agudizado cuando lo solicitan entidades públicas que pueden y deben generar recursos para publicaciones, a través de solicitudes concretas, partidas especiales, convocatorias, concursos, programas, proyectos, etc. La culpa del tono que estoy exhibiendo no obedece solo a lo anterior, sino a que esa perversa propensión a creer que el trabajo intelectual es gratuito se ha extendido como algo natural.

Aquí donde usted me ve, hace más de veinte años vengo escribiendo columnas gratis. Lo más cruel es que si les pagaran a todos los colaboradores del periódico, se quebraría al día siguiente.    El quid sin embargo reside en que poderosas instituciones que sí tendrían con qué pagar a todos sus colaboradores así fuera una suma simbólica, asumen que les pagan con el prestigio de aparecer en sus páginas.  Esto me recuerda al dueño del restaurante que quiere que el músico toque gratis en su establecimiento para que los clientes conozcan sus composiciones y así se haga “famoso”.  Que es algo así, como si el músico invitara al restaurantero a su casa a cocinarle gratis, a ver si así sus comensales se animan a visitarle en el restaurante. Pero no se trata de llorar sobre la leche derramada, sino de sentar una enfática voz de protesta por esta situación a todas luces anómala, frente a la cual se requiere generar conciencia y congregar voluntades que aporten a la búsqueda de una solución urgente a tamaña injusticia, de modo que en el campo de la ciencia, las artes, el periodismo y la producción intelectual dejen de tratarnos peor que a una cortesana.

Comentarios en Facebook a Fernando Corzantes y en fernandocorzantes@yahoo.com.mx
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