Días de furia

Por: Ricardo Carapia

Reflexionaba sobre los temas vertidos en Catalejo a lo largo de este primer año. Me dio gusto saber del interés de muchas personas por ver en su ciudad, país y mundo, una mejora tangible a partir del esfuerzo colectivo, el interés de sumar, de proponer, de buscar alternativas para crear círculos virtuosos en diferentes ámbitos y competencias.

Creyente en la voluntad como factor de cambio, no podré nunca dejar de pensar que personas tan diversas como las plumas de Catalejo, hallan coincidencias y diferencias tan claras a partir del diálogo constructivo, y que todos y cada uno en sus áreas de desempeño, se han caracterizado por su empuje y proactividad. He sido testigo este año del crecimiento de todos ellos, y sé que a pesar de sus múltiples ocupaciones, buscan mantener vivo este espacio, con el claro afan de seguir haciendo comunidad y buscar la mejora de la calidad de vida en nuestro México, aportando desde sus trincheras.

En otro tenor se encuentran las tristes experiencias del manifiesto resentimiento, la consigna prepagada o las filias y fobias partidistas. Nada ha sido más claro que el afán de ubicar a Catalejo con un color o interés político, sin entender que aquí es la pluralidad de opiniones lo que se muestra, y que a pesar de las simpatías de cada uno, el común denominador es que son personas que escuchan las voces y hacen propias las causas, algo que justamente no hacen los partidos políticos y los que desde el fanatismo envían anónimos, mensajeros, trolls y faunas similares.

Esto no ha hecho más que reafirmar nuestra postura: los problemas siguen viéndose desde las cúpulas de manera lineal. Ahí es más fácil echar la culpa al anterior y buscar hacer propaganda, que trabajar con discreción y prudencia. El diálogo es desechado en la mayor parte de las discusiones. Y con todo, hay sectores de nuestra sociedad que se muestran fuertemente enraizados en sus comunidades, y a pesar de las decepciones sufridas a manos de unos y otros, siguen creyendo en su país y en su gente. Y por “su gente”, se refieren con orgullo a quienes comparten los mismos valores e identidad, no a quienes traicionan a los suyos por poder o dinero.

En la utopía caben muchas cosas, excepto la mezquindad. El conocimiento, la solidaridad, la difusión de nuestra cultura y nuestras costumbres y tradiciones, el apoyo a la creatividad, la búsqueda de una sociedad justa, la mejora permanente de nuestras democracias, el entendimiento y el respeto, el cuidado del medio ambiente y los proyectos sostenibles, suponen bases asequibles, minadas constantemente por intereses que enarbolan, curiosamente, la bandera popular.

Creo no equivocarme al afirmar que usted y yo nos sentimos molestos, tristes o ultrajados cuando vemos las noticias, las redes sociales. Incluso hasta las noticias falsas que vuelan por servicios de mensajería en los celulares, están repletas de infamia. En el casi seguro caso que usted haya sido víctima de algún delito, de la indolencia de alguna institución o empresa, o vivido en carne propia la ineficacia de las autoridades, su experiencia no dejará de ser menos dolorosa ante el panorama nacional. Las divisiones que percibimos entre amigos y familiares por temas como las elecciones, la falta de oportunidades laborales, la poca calidad de empleos que tanto se presumen en los medios de comunicación, los servicios de salud, los sueldos bajos, la corrupción que aqueja a gremios y sectores, aunados a nuestros problemas personales, hacen un caldo de cultivo terrible para un país que se dice de avanzada en los spots gubernamentales de cualquier rincón de México.

Y con todo, creo firmemente que se puede salir adelante en muchos de los temas. Pero sólo podremos hacerlo si usted y yo trabajamos de la mano, si dejamos de buscar imponer desde la sinrazón o la terca sordera; si nos despojamos de los colores y dejamos que la comunidad, en su sabia diversidad, sea la que marque el camino de la unidad.

Se acerca el tiempo en que vendrán a buscarnos a nuestras casas, a nuestros teléfonos, a abordarnos en las calles para buscar convencernos de votar por determinado personaje. Y aún con todo el dinero invertido en esas campañas (incluyendo los años no electorales, en los que mantenemos una burocracia impasible), no logran congregar a multitudes de votantes en las urnas. Ninguno de ellos. Tan es así, que los últimos han sido los gobiernos de las minorías.

Yo no quiero un México abatido. Estoy totalmente seguro que usted tampoco. Me atrevo a hablar por los colaboradores de este sitio, y decirle que la queja no sirve de nada si no se acompaña de la acción. Vayamos adelante, pues, que hay mucho por hacer, y mañana es un nuevo día.

ricardo.carapia@gmail.com
@richcarapia

 

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