Querétaro: la diaria inseguridad

Por: Ricardo Carapia

En este espacio hemos hablado sobre la inseguridad que vive no solamente Querétaro si no el país entero (ver Percepciones y realidades de la violencia), tema de recurrente interés, y que vuelve a los reflectores después de la información correspondiente a marzo publicada por Semáforo Delictivo, el Observatorio Nacional Ciudadano y el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública.

Como sucede siempre, las declaraciones de las autoridades en nada cambian la percepción del ciudadano de a pie que es víctima del delito. De nueva cuenta se asoma el tan sobado discurso de que “antes no se denunciaban” los atropellos y por ello el aumento en las cifras; cuando los familiares de las personas asesinadas, y aquellos que son heridos, asaltados, privados de su libertad y de sus pertenencias fruto del esfuerzo de años, poco les importa las palabras de quienes viven rodeados de blindaje antibalas y personal de seguridad especial pagados por nosotros, pues eso no le devolverá sus bienes ni a sus seres queridos.

La realidad es que, delitos denunciados o no ante las autoridades, siempre sabíamos cuando algún vecino, amigo o familiar sufría alguno de ellos. Hoy, nos enteramos de casos así con mayor frecuencia. Eso en las calles y en las casas lo sabemos, no es necesario que nos lo digan las cifras, ni la prensa, y mucho menos un determinado funcionario público o un politiquillo wannabe.

La realidad es que tras el escudo del discurso, el delito ha rebasado a las instancias de todo nivel de gobierno. Las ventajas de la vida fácil y el escaso crecimiento económico para los grandes sectores de nuestra población ha generado delincuentes en algunos casos más osados, y en otros casos menos sonados, efectivos en su operar.

Con ello en mente, debemos recordarnos todos los días a nosotros mismos (porque nuestra memoria es sumamente mala), que las promesas de campaña se quedan en palabras endulzadas al inicio, y en justificaciones después, en repartir culpabilidades a terceros y pocas, poquísimas veces, en resultados que inclinen las cifras a favor del Estado.

Los números están ahí. Se ha avanzado en varias áreas, eso nunca podrá negarse, pero es insuficiente. El rezago es notorio sin necesidad de grandes eventos de entregas de equipamiento o de patrullas o grandes notas en los medios de comunicación sobre oportunas detenciones de uno o dos personajes, o sobre el desmantelamiento de laboratorios clandestinos de drogas en los que curiosamente son contadas las ocasiones en las que aseguran a sus operadores.

Debemos recordarnos todos los días, que caímos de nueva cuenta en la trampa de los candidatos, y que de la noche a la mañana no se logra desaparecer una industria del delito que lleva años creciendo. Los candidatos lo saben, nos han vendido siempre la idea de la varita mágica que desaparecerá lo malo al día siguiente de tomar posesión de su cargo, y después descalifican los estudios y las cifras adversas, se le endilgan  colores a los quejosos para que todo cuadre como “guerra sucia en mi contra”, para que “me dejen trabajar” y se le anuncian con bombo y platillo que habrá “mesas de diálogo” con los ciudadanos, a los que nunca vuelven a acercarse a pie como en campaña cuando todo era diferente, cuando no tenían (algunos) mayores propiedades, cuando no tenían un séquito de guardaespaldas. Y sobre todo, cuando la crítica salía de sus bocas con furibundos discursos sobre todo lo que faltaba por hacer, y que hoy sigue igual o peor.

Hoy una reflexión también recurrente. Cada tres y seis años, vuelven a vendernos la misma mascarada, y la compramos completa. Por más que se señalan pruebas de su corrupción e ineficacia, seguimos apostando al “menos malo” y nuestras autoridades electorales siguen aprobando nuevas franquicias partidarias para repartir dinero (tu dinero) a manos llenas a esos vividores del poder, mientras tu te partes la espalda todos los días para pagar la comida, el pasaje, la gasolina, las escuelas de los niños… ¿y después de todo eso, pretenden que no te quejes, que no levantes la voz porque te abrieron el coche o te robaron el bolso en la calle, o desapareció otra jovencita, o porque están robando las casas de tu colonia y temes ser el próximo, o ya robaron tu casa no una sino dos o tres veces en el último año? ¿De verdad tienen el descaro de calificarte como “ardido” o peor aún, como militante y parte de un complot de un partido político que te da tanto asco como el suyo? Qué pocos pantalones tienes, de verdad.

¿De verdad eres tú, político/funcionario, capaz de decirnos (y no en la cara, sino desde un púlpito en algún evento con empresarios o similares) que todo es culpa de alguien más y que yo, ciudadano, tengo la culpa por no denunciar? ¿De verdad nos tomas por idiotas cuando vemos a tus compañeros de partido ya no digamos hacer negocios a lo Duarte o Yarrington, sino aquí cerquita, a la vuelta de tu esquina, construirse casas, tener nuevas empresas y coches, enviar a sus hijos a estudiar al extranjero, irse a viajes internacionales “de trabajo” a cada rato o por qué no, a la Champions?

Y perdón, hasta la pregunta es necia. Si, nos toman por idiotas:

http://onc.org.mx/2017/05/02/reporte-sobre-delitos-de-alto-impacto-marzo-2017/

http://secretariadoejecutivo.gob.mx/incidencia-delictiva/incidencia-delictiva-actual.php

http://www.semaforo.mx/

ricardo.carapia@gmail.com
@richcarapia

 

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