La antropología en la encrucijada

Por Fernando Corzantes

A la memoria del maestro y amigo el antropólogo Alberto García Espejel (1961-2017). Doctor en Sociedad, Política y Cultura (Universidad de La Laguna, Canarias, España); Investigador del SIN; gestor cultural, consultor, docente de nuestra Universidad Autónoma de Querétaro.

Tras la caída del colonialismo europeo en el siglo XX, el mundo intelectual occidental experimentó una profunda crisis de conceptos, métodos y legitimidad. Occidente se convirtió en otro Occidente, y fue en ese entorno donde la disciplina antropológica, cuya labor era precisamente conocer a otras sociedades, experimenta un proceso de crisis y deconstrucción. Por un lado esta crisis plantea la desaparición del objeto de estudio de la disciplina, de esas sociedades primitivas, pero por otro lado esa deconstrucción sienta a su vez las bases para reconstruir los fundamentos que otorgan relevancia a la profesión antropológica. La antropología se encarga del estudio de la diversidad cultural, la heterogeneidad, multi e intraculturalidad de la sociedad actual. La diversidad cultural es la especialidad de lo humano, ya que somos iguales, pero tremendamente diversos, diferentes. Y los antropólogos son los especialistas en lo particular y en la diversidad cultural. Por ello hoy día, una potencialidad de la antropología se presenta a los estudiantes de ciencias sociales, es su orientación hacia esta ciencia de lo humano.  Los reacomodos de la antropología en los últimos años ayudaron a garantizar su presencia en el mapa de las profesiones sociales. Aquí en Querétaro, irrumpe desde 1991 la maestría en Antropología e Historia y en 1997 se abrió la licenciatura en Antropología, ambas en la actual Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Querétaro.

El maestro Alberto García Espejel señalaba que “La antropología no sólo es una ciencia muy vasta, sino que es una disciplina inmensamente generosa con los que la ejercemos: se adapta a las circunstancias que se transforman socialmente en el devenir temporal. Dentro de esta vastedad y capacidad de adaptación han surgido de un tiempo a la fecha una diversidad de temáticas y nuevas posturas teóricas, pero también ámbitos de aplicación de la ciencia y espacios laborales asociados”. Del auge a la crisis de la economía y de la ciencia política, e incluso de la afición actual por las encuestas y de la sistematización de la opinión pública, se abre un espacio importante para la etnografía y por lo tanto, para la renovación del papel de la antropología en el debate público, de las políticas públicas y la construcción de un futuro más incluyente y seguro para todos los mexicanos. La situación en que estamos ahora, que es que existe una antropología mexicana robusta, pero todavía algo descolocada frente al debate público y bastante golpeada en su prestigio y en su situación institucional. Una antropología que está bastante necesitada de poder demostrar públicamente para qué sirve. Hoy, el objeto de la investigación antropológica no está limitado al estudio de las sociedades en vías de extinción, sino que ahora está abocada al estudio de las relaciones simbolizadas e instituidas de los individuos, tal como éstas toman forma en los complejos contextos sociales actuales. Cualquier análisis nos exige pensar en términos de globalización, ya que hay una ideología que supone un mundo sin fronteras, aún con el muro de Trump. Sin embargo, esta globalidad produce efectos de homogeneización a la vez que fenómenos de exclusión. Se trata de una contradicción que se verifica en dos fenómenos paralelos: mundialización y urbanización. La globalización supone la extensión por todo el mundo del mercado liberal y la tecnología de la información. Esto nos otorga una conciencia mundial y a la vez abismal: nos damos cuenta de que vivimos juntos, en un espacio reducido, pero peligroso, separados entre ricos y pobres, sabios e ignorantes, desarrollados y subdesarrollados. Se trata, en definitiva, de un mundo que se alimenta de sus propias contradicciones. Este fenómeno cambia nuestra forma de percibir nuestra propia historia; la deslocaliza, mueve su centro y transforma nuestra percepción del tiempo y del espacio. El mundo, en la visión del antropólogo, es objeto de una triple mutación: política, mediática y espacial. A pesar de todo este marco desesperante, el sujeto resiste, no renuncia a expresarse y a vincularse. La nueva antropología no renuncia al debate que nos concierne y compromete con la toma de conciencia. En este nuevo siglo, el antropólogo se permite volver a pensar en utopías. Pero no en aquel ensueño, sino en la posibilidad mínima de pensar en tiempo futuro, donde la educación y la solidaridad nos conviertan en personas dispuestas a hacer de esta virtualidad global, una realidad universal palpable, menos narcisista y más provechosa. Coincido con el maestro García Espejel en “la necesidad de modificar, de innovar y de romper paradigmas académicos para conseguir adaptarnos a las circunstancias actuales, para que la antropología recobre la pertinencia y el espacio privilegiado que merece, en el análisis y la transformación de las problemáticas sociales actuales”. Y en ello siempre nos hará falta su tino, inteligencia, perspectiva y don de gente.

Comentarios en Facebook a Fernando Corzantes y en fernandocorzantes@yahoo.com.mx

(Consejero del Instituto Nacional Electoral)

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