La política exterior mexicana, otro desastre

Por Fernando Corzantes

John Dimitri Negroponte diplomático norteamericano (forjado en los sótanos intervencionistas de la CIA), afirmaba sin empacho en abril de 1991 que “México está en el proceso de cambiar dramáticamente la sustancia e imagen de su política exterior. Desde la perspectiva de la política exterior, el TLC institucionalizaría la aceptación de una orientación estadounidense en las relaciones exteriores de México… la adopción de un TLC nos ayudaría a poner de forma abierta y legitima lo que muchos sienten que debería ser la relación de México y de Estados Unidos desde hace mucho tiempo”. Así nuestro país ha ido cambiando su perspectiva de política exterior, haciendo a un lado los principios fundamentales que le dieron un lugar en la historia de las relaciones internacionales, ya que su sólida práctica lo encumbró como garante del derecho internacional.

Recordemos que la Constitución le encomienda al Presidente de la República, en su doble calidad de jefe de Estado y de Gobierno, dirigir la política exterior mexicana y dentro de sus facultades y obligaciones, la fracción X del artículo 89 enlista una serie de principios que se debe observar, y que son la síntesis de la historia de 200 años de la diplomacia mexicana, reconocida y respetada hasta hace poco en el mundo. Nuestros principios constitucionales también lo son del derecho internacional, ya que se encuentran contenidos en la Carta de Naciones Unidas y están consagrados a lograr la igualdad entre los países y la cooperación internacional. Tales principios son: la autodeterminación de los pueblos, la no intervención, la solución pacífica de controversias, la proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales, la igualdad jurídica de los Estados, la cooperación internacional para el desarrollo, el respeto, la protección y promoción de los derechos humanos, así como la lucha por la paz y la seguridad internacionales.

Pero todo ello se ha ido al caño, y ahora en el nivel más bajo de nuestra política internacional, Enrique Peña Nieto justifica sus decisiones cometiendo nuevos errores al rebajar aún más la política exterior mexicana al coqueteo estéril y servil con un personaje sin escrúpulos, como es Donald Trump. Un ejemplo de ello es el nombramiento de Luis Videgaray como titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores, lo que demuestra que el gobierno mexicano perdió ya la dignidad ante la presidencia estadounidense, y que los principios de la política exterior mexicana, establecidos en la Constitución, pasan a ser un instrumento decorativo ante la premura del Presidente mexicano por capitalizar el “buen tino” de Videgaray como visionario de la victoria de Trump cuando nadie lo creía posible. Otro ejemplo es el silencio cómplice y la práctica de una política internacional autista en uno de los momentos más delicados de la paz mundial. En el affaire Trump, no sólo se perdió la dignidad ante la comunidad latinoamericana, que abrigaban esperanzas de una respuesta firme e independiente ante el racismo belicoso de Trump hacia nuestros conciudadanos en EU y hacia nuestro país, sino también se perdió la oportunidad para demostrar independencia y soberanía, que abriera alternativas económicas y políticas más allá de una frontera al norte cercada y xenófoba.

Pero hay más, no hay mapa de ruta, no hay brújula que oriente hacia dónde están los principios internacionales que debe defender el país. Y esto es claro en la crisis Siria (y Afgana), en la que la política internacional de Peña Nieto es no hacerle ruido, ni molestar a Washington.

Muy diferente es la histórica alocución del representante de Bolivia, Sacha Llorenti quién alzo la voz en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, por el ataque de los Estados Unidos a Siria. En la reunión extraordinaria convocada por ese pequeño y pobre país, el representante señalo que “El ataque de E.U. a Siria supone una violación escandalosa de la carta de la ONU. Creemos que es imprescindible que la organización no guarde un silencio cómplice ante este tipo de hechos”, indicó el boliviano. La comunidad internacional ha venido construyendo (después de la Segunda Guerra Mundial) un orden legal para procurar mantener a la humanidad en paz y para resolver las diferencias entre los Estados, en términos legales y amistosos. Difícil tarea, muchas veces arremetida, pero que ha permitido durante décadas el desarrollo y un creciente respeto a los derechos humanos. Hoy, el diletante Presidente estadounidense retorna al uso de la amenaza y de la fuerza, al atacar unilateralmente a Siria, así como el pretender que México pague un absurdo muro, cimentado en prejuicios y odio. El respeto a la soberanía de los Estados miembros de las Naciones Unidas, en resumidas cuentas, es el valor fundamental. México necesita responder con firmeza y apegado a sus principios constitucionales a las amenazas del nuevo tirano, para exigir respeto a la carta de las Naciones Unidas, y a nuestra soberanía y dignidad como nación independiente y denunciar los excesos del poder. Ante los cambios que ha sufrido nuestro país, es necesario determinar cuáles son los objetivos e intereses esenciales que persigue México en su relación con el exterior y uno de ellos, el más obvio y necesario es recuperar el prestigio perdido en el ámbito internacional.

Comentarios en Facebook a Fernando Corzantes y en fernandocorzantes@yahoo.com.mx
(Consejero del Instituto Nacional Electoral)
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