Izquierda descafeinada

Por: Danielopski

Qué bonito sonaba aquello de “Soy de izquierda”. Ya saben, levantar el rostro serio con un dejo de superioridad moral sobre aquellos que creemos que no saben nada de la vida, porque ser de izquierda tal parece que representa saberlo todo. La etiqueta de izquierdista, en un México invadido por el consumo, da el rango de iluminado a quien la porta. Son pocos los que se autodefinen como de derecha, el conservador más rancio primero presume su catolicismo y su devoción a la virgen de Guadalupe, pero jamás se definirá derechista.

Para entender a derechas e izquierdas voy a los clichés explicados en ‘Cien años de soledad’. La inventiva a veces supera a la teoría, por eso es imprescindible la literatura. “Los liberales eran masones; gente de mal índole, partidaria de ahorcar a los curas, de implantar el matrimonio civil y el divorcio, de reconocer iguales derechos a los hijos naturales que a los legítimos, y de despedazar al país en un sistema federal que despojara de poderes a la autoridad suprema. Los conservadores, en cambio, que habían recibido el poder directamente de Dios, propugnaban por la estabilidad del orden público y la moral familiar; eran los defensores de la fe de Cristo, del principio de autoridad, y no estaban dispuestos a permitir que el país fuera descuartizado en entidades autónomas”, escribe Gabriel García Márquez en su magistral novela.

Sigo con ‘Cien años de soledad’ y su sarcástico contexto político: “La única diferencia actual entre liberales y conservadores es que los liberales van a misa de cinco y los conservadores van a misa de ocho”, dice García Márquez; y sí, hoy el único líder de la izquierda mexicana, López Obrador, tiene una cosmovisión por demás conservadora, de antemano sabemos sus respuestas cuando se habla de matrimonio igualitario o aborto: “se tiene que consultar” responde siempre AMLO para no quedar mal con nadie (como si los derechos se tuvieran que poner en votación), y la lógica de la izquierda es ganar los votos de aquellos ciudadanos conservadores, lo que parecería (tal como define el coronel Aureliano Buendía al momento de escuchar el pliego petitorio de sus compañeros liberales donde piden renunciar a la revisión de títulos de propiedad de la tierra, renunciar a la lucha contra la influencia clerical y a renunciar a las aspiraciones de igualar los derechos de los hijos naturales y legítimos) una lucha por el poder sin importar los ideales; por eso, para ganar la próxima elección del 2018, AMLO tendrá que apostar por ganar el voto de la base conservadora, que es la mayoría en este país.

En esta distorsión política vimos a una Margarita Zavala muy emocionada por la candidatura de Hillary Clinton. Los demócratas son la “izquierda” (muy entre comillas) de la política norteamericana, pero el género podía más que cualquier ideario político, así que a Margarita no le importaba apoyar a una mujer por demás liberal que estaba a favor del aborto y de los derechos de los homosexuales. Ese hillarismo desenfrenado de Acción Nacional era una aberración.

Como ciudadanos sirve definirnos de izquierda o derecha simplemente para entendernos en el mundo; el camino (no estoy diciendo que estoy de acuerdo con ello) está enfocado al crecimiento económico como sea, en un proyecto neoliberal de consumo desenfrenado (que ningún partido de izquierda va a cambiar); simplemente nadie se atrevería a poner en el discurso el decrecimiento económico en beneficio de la ecología o una nueva forma de distribución de la riqueza para reestructurar el tejido social. No, jamás, por muy izquierda que se sea hay que hablar de empleo, de inversión extranjera y de la estabilidad de las cifras macroeconómicas.

Ser de izquierda hoy significa replantear los postulados para sistemáticamente terminar siendo un proyecto de derecha. Basta con ver los 13 años de gobierno “socialista” en Brasil o el comunismo chino; y en México, el proyecto de AMLO va por ese sentido, ser conservador en lo político, social y económico, donde sí —claro está— quepa una renovación moral de la vida pública. El progresismo a veces parecer más un discurso romántico, que enarbolan hipsters que toman café en Starbucks leyendo el manifiesto del partido comunista. Algo parecido experimenté cuando estudiaba mercadotecnia y muy orgulloso leí las dos biografías del Che Guevara escritas por Paco Ignacio Taibo II y Jorge Castañeda. Cuando un maestro vio mis libros me dijo: Es normal a los 20 años, todavía tienes derecho a soñar con esas cosas, pero no te olvides del mundo real.

/danielopski
@danielopski

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