Los defensores efímeros

Por: Ricardo Carapia

Desde la vocación (y la definición) la política ha sido y es una labor noble en busca del bienestar del ser humano y la comunidad, el entendimiento y el desarrollo de los pueblos. Desde la realidad,  sobra explicarlo, hace tiempo que en México dejó de tener un significado positivo.

Dejando de lado los casos y las cosas, olvidando las particulares o personales antipatías o gustos, o los temas de partidos políticos y los enconos que surgen cuando hablamos de caudillos de derecha, de izquierda o sin rumbo; son pocos, contados, y en mi memoria hallo nombres y rostros que estimo y respeto, los que ingresan al (sis)tema sin un interés económico.

De ellos, algunos mantienen firmes los ideales y valores que los impulsaron de inicio y siguen abriendo brecha a pesar de los golpeteos y el fuego amigo, mientras otros han dejado de lado la militancia activa porque el color propio llega a decepcionar tanto como el ajeno. He ahí la consecuencia primera de la corrupción interna: pasar primero a la inmovilidad forzada y de ahí a la decepción inmóvil, permanente.

La realidad irrumpe de pronto en cara de todos y la tecnología (aunque no toda), junto a los medios de información (aunque no todos), nos arrojan hechos y presuntos, actos y supuestos que en poca medida son buenas nuevas. Y en mucha, vienen de los mismos.

Y todos son diferentes al resto, todos se autoproclaman por cinco minutos defensores de los olvidados, del deporte, de la economía, de la cultura, de la mujer, del niño, del campo, del adulto mayor. De la energía, del maestro, del empresario, del pequeño comerciante, de la seguridad, del buen nombre de México. En cinco minutos la foto sonriente, el abrazo rollizo, la mano tendida, la vista al horizonte. Escena siguiente: camionetas y custodios arrancan bajo una nube de polvo, las voces y aplausos se van diluyendo y los colores brillantes y las serpentinas bajan de tono. Recogen las bocinas, las sillas, el templete, la carpa, la dicha. Todo vuelve a la rutina de siempre.

De vez en vez, se celebra un bache tapado (por un trabajador mal pagado y asoleado), una nueva escuela (con maestros en incertidumbre por las reformas en el tema), nuevas luminarias (con sospechas de corruptela), una nueva carretera (que no tendrá mantenimiento en años), una plaza remodelada (a la que se le tira el agua a la fuente, agua que de por sí es escasa), un puente pintado (…), una reforma energética (que nadie sabe dónde está, hablando de bolsillos contribuyentes), nuevos empleos (que en realidad los genera otro sector), o el turismo desbordante (seguramente gracias a ellos y no a la cultura, los servicios y el trabajo de la gente).

O se festina lo que  cuenta mucho, la última bravata del líder, el cómo se chingaron a los del otro partido, los estados que su partido domina (¿?), la última encuesta (que les conviene), y así, podemos seguir con una lista larga que entre los decires y los haceres que únicamente dará cuenta del objetivo primero, primordial y olvidado, que deberían tener estos señores que tenemos malamente en nuestra nómina. Y señoras, claro.

Luego del evento queda el polvo, las botellas de refresco de los que recogieron las sillas y la servilleta que da vueltas sobre sí; un par de niños corriendo mientras la imagen construida y la sonrisa perfeccionada, se fueron entre los aplausos de los que ya sólo quedan sombras.

ricardo.carapia@gmail.com
@richcarapia
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