La legitimidad política cubana

Por: Fernando Corzantes

Para sorpresa de los marielitos, de la tercera generación de exiliados cubanos en Miami y de la derecha norteamericana, la legitimidad política del gobierno cubano con su pueblo quedó de manifiesto en las exequias del líder Fidel Castro. Ahí estaban todos los segmentos sociales cubanos, desde el campesinado pobre hasta la clase trabajadora. Estos sectores se sienten engarzados al régimen por su lucha contra la discriminación racista, particularmente los afroamericanos.   La capacidad de resistencia demostrada durante medio siglo, confirma la “voluntad popular” de la mayoría de los cubanos a favor del socialismo y su gobierno.   Ya que en la construcción del socialismo cubano una característica peculiar es cómo la legitimidad del poder revolucionario se convierte en asidero determinante para la supervivencia y desarrollo del proceso revolucionario. El pueblo cubano siente y vive la defensa de su soberanía y de los intereses nacionales frente a las políticas imperiales, las cuales han resistido con encomio y aplomo.  Esto ha llevado a constituir una identidad y dignidad nacional que ha convertido a la sociedad civil cubana en un ente para sí con conciencia histórica anticapitalista y latinoamericanista, y que no tiene par en nuestra América.

Del mar de publicaciones ante la muerte de Fidel, la prensa anticastrista mexicana repite los mismos argumentos con los que denuncian a un gobierno dictatorial: la carencia de elecciones y partidos.

Cabe señalar que las “elecciones libres”, el “multipartidismo político” y la “libertad de prensa” son parte del discurso político que carece de sentido en prácticamente toda América, y particularmente en nuestro país, ya que las demandas concretas son trabajo, pan, tierra, salario justo, salud, educación, etc.   Los liberales mexicanos levantan la boleta electoral como símbolo final de la democracia, minimizando los resultados de la farsa de la que se absuelven.  Ahí están los innumerables casos de gobernadores, presidentes municipales, diputados y políticos de toda calaña que al amparo del sufragio efectivo vacían las arcas que estén a su alcance.   Se ha señalado insistentemente en la descarada identificación de elecciones con democracia, complementándola con pluripartidismo es igual a democracia.  El contar con una decena de partidos no nos dice nada sobre las condiciones reales de la democracia y en México bien lo sabemos.  En Cuba bajo el régimen de Batista existían catorce partidos y eso no garantizó a la gente el tener medios de vida dignos.

Otro de los comparativos demagógicos en el discurso liberal es el de la libertad de prensa, señalando su ausencia en la isla. Como bien sabemos en nuestro país los medios de comunicación se han concentrado en el entretenimiento y su elemental labor es la del adoctrinamiento.  En otro nivel se constituye en el circuito público de discusión intra élite, donde las diferentes facciones de la clase política dominante discuten y ponderan problemas y opciones políticas de importancia. A este nivel, y dentro de los cánones establecidos, la crítica no sólo es posible (porque es crítica táctica), sino deseada, debido a que homogeniza las élites en torno a las opciones viables de los “intereses nacionales”, al mismo tiempo, las convierte en multiplicadores de un discurso coherente frente a las masas.  La libertad de prensa en México se ha pagado con ser uno de los países más riesgosos para el gremio, conjuntando los mayores agravios en sólo diez años (acoso, censura, violencia, desaparición, muerte).  Estos son solo unos rasgos de la estructura de la libertad de prensa en la democracia liberal.  Tenemos una prensa parcialmente abierta a la critica táctica, es decir a la crítica que tiende a mejorar el funcionamiento del sistema, más no a su crítica de fondo (Aristegui dixit).

Algo semejante sucede con los derechos humanos. El primer derecho del hombre es un derecho básico: el de comer y tener techo. Pero de esta clase de derechos humanos se suelen callar los demócratas sin adjetivos, porque, como ya vimos, se trata de derechos cuasi metafísicos, cuya satisfacción está fuera del alcance y de la responsabilidad de la cleptocracia en el poder.   Toda la pesada carga de la artillería liberal se concentra en el campo de los derechos formales en Cuba, cuando para la gran mayoría de los países latinoamericanos éstos son irrelevantes en la práctica.

La legitimidad no es algo que solo aporta la virtud de la idea, sino la historia de lucha, los beneficios alcanzados, los cuales justamente son asumidos como derechos conquistados, formando parte de la vida cotidiana de la gente, que siempre se plantea metas superiores. Tampoco es una condición inmutable, sino dialéctica, que tiene que renovarse día a día, avanzando en el desarrollo social y construyendo el consenso popular.   Así la legitimidad política como reconocimiento social por parte de la ciudadanía hacia sus autoridades políticas, quedo de manifiesto en la ruta fúnebre de Fidel Castro por Cuba.   Lejos quedan los liberales sin adjetivos.

fernandocorzantes@yahoo.com.mx
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  1. Maria Nieto says:

    Coincido, la democracia mexicana no es tan democrática y no todos lo cubanos están en Miami. Excelente texto.

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