De payasos y políticos de terror

Por: Fernando Corzantes

En los últimos días se ha creado en el imaginario colectivo un trastorno delirante de que andan sueltos un grupo de payasos que asustan, roban y hasta asesinan.   La coulrofobia (o miedo irracional a los payasos y a los mimos), afecta especialmente a los niños, aunque lo padecen también adolescentes y adultos. La enfermedad se basa en la aversión o desconfianza a la cara pintada, que oscurece las verdaderas expresiones faciales del payaso.  Y este miedo o trastorno es originado a través de alguna mala experiencia personal, pero también basada en la imaginería negativa del personaje construida a través de los medios de comunicación.

Pero esta fobia es marginal y focalizada, no como otra enfermedad, una patología creciente en nuestro país y ya de manera alarmante se muestra una sintomatología extendida: la politicofobia, que consiste en la sensación de miedo o temor a los políticos, a la política y todo lo relacionado con ella. Incluso el verse envuelto en conversaciones de este tipo puede llevar a la irascibilidad. Los especialistas no consideran esta como una fobia, pues no representa los síntomas como tal, pero su manifestación es generalizada, pública y abierta, mostrándose en el repudio a este tipo de gente, que con su conducta nos pueden hacer llegar al terror, ya que nos roban hasta la risa.

Pero no se crea, los políticos desarrollan una actividad difícil y compleja, como los payasos de verdad, pero ellos nos hacen reír involuntariamente; de ellos está plagada la escena política nacional de tres pistas: PRI, PAN y PRD; que los lleva a hacer cosas muy mal vistas socialmente. La aversión a los políticos es dada por una de sus más llamativa tareas, la consistente en hablar bien de ellos mismos y, aunque no siempre, de los suyos y mal de todos los demás que practican el oficio. En la vida tendemos a no fiarnos de aquellos profesionales que se ponen por las nubes al tiempo que despellejan a sus colegas. Incluso más: hablar bien de uno hasta el exceso suele ser un rasgo de vanidad insoportable, percibido por los oyentes como manifestación de mala educación y de mal gusto.

Los políticos no tienen, por supuesto, el monopolio de la manipulación y la mentira, pero decir hoy una cosa y mañana la contraria, prometer lo que luego no se cumple y hacer lo que no se ha anunciado previamente, son comportamientos mucho más frecuentes entre quienes dedican su vida a la política que entre quienes no lo hacen. Por ello la rechifla es una manifestación en rechazo a su investidura.

Los políticos suelen vivir en un mundo aislado, en el que se relacionan sobre todo con sus partidarios y/o adversarios (es decir, con quienes hacen lo que ellos), circunstancia que potencia un autismo social que resultaría de otro modo incomprensible entre quienes tienen la vida pública por oficio exclusivo durante largos períodos de tiempo.

Los políticos hablan y hablan, pero van perdiendo poco a poco, y en ocasiones mucho a mucho, la capacidad de dialogar, de manera muy especial con los que no les alegran el oído, con lo que no los quieren escuchar. Y ellos ni nos ven, ni nos oyen. Por eso con buenas razones, poseedores de gran información, es muy frecuente que sean los últimos en enterarse de lo que pasa a su alrededor.   Los políticos no reconocen casi nunca que son sus intereses personales los que ayudan a explicar (cuando no explican absolutamente) su forma de actuar. Por el contrario, no se cansan de decir que su único interés es el de todos, a cuyo servicio ofrecen una vida que, insisten, podrían disfrutar mucho mejor fuera de la política, por más que la inmensa mayoría luchen a dentelladas permanentemente por continuar dentro de ella. De regidor a diputado, luego presidente municipal, pasando por una secretaría o senaduría y viceversa.

Los políticos son, sin duda desechables, dispensables, porque sin ellos podría funcionar la democracia. Pero ellos han señalado insistentemente que la maduración de nuestro sistema democrático (como la auténtica pluralidad informativa, el efectivo control del poder, el crecimiento económico, el aumento de la cultura o el progreso de la educación, entre otros muchos) es gracias a su labor. La realidad nos muestra una sociedad enferma, que requiere de atención a su politicofobia, que se manifiesta en un extenso mal humor social, en el que ya no nos reímos de los payasos, sino de manera sardónica de los políticos. Estos llevan como seña de identidad el ser objeto de burla y escarnio de la población, ya que nos obligan a creerle más a la realidad que a las estadísticas oficiales o a Andrea Legarreta. Y al terminar su acto los nuevos cleptocráticos payasos en el escenario político parecen reír al último, porque saben que no aplaudimos.

fernandocorzantes@yahoo.com.mx
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