Percepciones y realidades de la violencia

Por: Ricardo Carapia

Primero se llevaron a los comunistas pero a mí no me importó porque yo no era. En seguida se llevaron a unos obreros pero a mí no me importó porque yo tampoco era. Después detuvieron a los sindicalistas pero a mí no me importó porque yo no soy sindicalista. Luego apresaron a unos curas pero como yo no soy religioso tampoco me importó. Ahora me llevan a mí, pero ya es tarde.

Bertold Bretch  

Usted y yo recibimos información todos los días. Tablets, celulares, radio, periódicos, televisión, redes sociales, la boca del amigo. Aún sin solicitarlo, es altamente probable que se entere de algún hecho social, económico, político o deportivo de algún lugar del mundo, en algún momento del día. Sin embargo, es de importancia analizar las reacciones que muestran algunos sectores de la sociedad ante temas específicos, como la violencia.

Por un lado medimos la violencia en nuestro país, sus ciudades principales y Estados que lo conforman, a partir de los números de lo denunciado; y por otro lado medimos la percepción de los ciudadanos sobre el tema. Pero nadie mide la indiferencia, que debería ser la más preocupante.

Los actos de crueldad realizados por seres de nuestra propia especie, independientes de la mayor o menor brutalidad que encierren, representan en sí la cosificación del otro, alimentada por la razón que sea: hambre, dinero, poder, odio. La cantidad y frecuencia de dichos actos denotan que el orden social se ve trastocado en sus pilares más básicos, sin embargo el efecto real producido puede ser diferente de la percepción encuestada y jerarquizada.

A pesar de que otorgamos al Estado el poder de ejercer la violencia institucional, damos cuenta que no resuelve los problemas de la sociedad que se ve atacada por la delincuencia común y/o el narcotráfico, y que la ocupa en fines para los cuales jamás fue autorizada por nosotros. Sin embargo, la misma circunstancia condena a la inacción a quienes se ven atrapados entre los dos frentes, sin nada y nadie en quién confiar más que en su capacidad de operar la propia supervivencia económica y física.  Esta frustración social, representa la dilución del sentido de responsabilidad.

El dolor o el miedo que nacen de esta lucha por la dominación del otro, se reflejan de diferente manera en las ciudades y comunidades, dependiendo su convivencia real con la violencia diaria. El caso de Colombia y el “No” al acuerdo de paz con las FARC, los resultados del plebiscito en las zonas urbanas y las golpeadas por la guerrilla durante tantos años, son una muestra clara y lógica.

En México sucede lo mismo. Como habitantes de esta zona metropolitana, nuestra percepción de la violencia es diferente a las personas que viven en Tuxpan, Veracruz; en Culiacán, Sinaloa; o Zitlala, Guerrero; por mencionar algunos. Nuestra percepción de la violencia como residentes por más de 10 años se crea en la mayor parte de los casos, al compararnos con nuestras propias referencias, lo cual hace engañoso el resultado.

La exposición prolongada a la violencia, no solamente la vivida en México gracias al narcotráfico, sus guerras intestinas y la que mantienen las fuerzas federales contra sus múltiples tentáculos; sino aquella que permea todos a través de productos y subproductos mediáticos, lúdicos y de entretenimiento, ha generado vínculos impersonales en sectores dispersos, pero no por ello poco comunes.

Por un lado, la indiferencia social logra crear sujetos para quienes lo ético o lo legal no entran en el espectro de lo visible. Crea sujetos para quienes los valores cívicos no entran en ninguna de sus definiciones en cartera. A algunos de ellos les ponemos motes o títulos como “lord” o “lady” para identificarlos, pero banalizamos en la burla su falta de calidad humana, hasta el punto de rebajarnos a su nivel. En casos más extremos, otros perpetúan el ciclo de violencia al repetir patrones o en su búsqueda de una identidad a partir de la apología y sus hijos errantes.

Por otro lado, un gran sector de la población llega al desentendimiento, haciendo responsables del problema al resto. Asépticos a lo que los rodea, encuentran paradójicamente mayor identificación virtual con las víctimas de un atentado en algún otro país (generalmente occidental y no latinoamericano), que con las de su propia ciudad.

Habremos de preguntarnos cuántos de los procesos socioculturales que repetimos y/o replicamos cada día en lo cotidiano, condenan a nuestra sociedad sin percatarnos conscientemente de ello. Preguntarnos si evitar cualquier activismo en el mundo real, no va de la mano con una marcada incapacidad de conmovernos ante el dolor ajeno, cercano y tangible. Preguntarnos si las conductas antisociales no están siendo endulzadas al creernos parte de una comunidad global por encima de lo comunitario.

De igual manera, cuáles y cuántas de nuestras políticas públicas realmente van encaminadas a la tan mentada, poco entendida y menos aplicada “regeneración del tejido social”, y cuáles son medidas de desconfianza que únicamente potencializan la segregación. Saber cuántos de nuestros llamados expertos en seguridad contribuyen al problema, al no entender que éste es multifactorial,  y que las soluciones jamás se escriben en singular.

Apuntes

No es nuevo decir que la victoria de la democracia se ha transformado en desencanto e inacción, reflejados en la cantidad de votos emitidos contra el padrón electoral. La calidad de los votados no me preocupa tanto como la calidad de aquellos que no son votados. Hablo de los plurinominales, aquellos que viven de esa figura eternamente y la burla que son para el pueblo y sus propios partidos políticos; al jamás atreverse a ganar el cariño o el odio popular y luego de tejes, manejes y enjuagues, sin representar en ningún momento a nadie más que a ellos mismos, en el momento menos pensado pueden tener la posibilidad de ser, imagínese usted, Gobernador o Presidente de la República.

ricardo.carapia@gmail.com
@richcarapia
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