Malas noticias

Por: Fernando Corzantes

 “En los viejos tiempos, mataban al mensajero que traía malas noticias…
Casandra nunca fue popular en su tiempo”
Alice Stewart

 

Hace unos días Enrique Peña Nieto señaló que “A veces nos inundan o nos quieren inundar con malas noticias, pese a que están pasando cosas positivas en el país”.  El mandatario abundó que cuando se incrementa el precio de algún servicio “se vuelve nota de todos los días, y cuando hay una mejor prestación o precio de ese servicio, se vuelve nota de sólo unos minutos”.

La condena presidencial no es cosa menor ya que una constante en el discurso oficial es la referencia crítica a los que se niegan a reconocer los avances logrados, los cuales, y se nos repite una y otra vez, son ampliamente reconocidos en el mundo pero, aquí en México nos negamos a hacerlo por pesimistas y negativos.  A todas luces suena a reclamo, al negarnos a festejar permanentemente sus pírricos logros.  Pienso mejor en Octavio Paz, quién alabó y defendió la crítica como condición indispensable en toda democracia.

Por lo demás, la revisión cuidadosa de lo que se publica en los diversos espacios mediáticos donde, pesimistas y negativos, malos mexicanos en una palabra, solemos expresar nuestra incredulidad frente a los logros festinados, que las más de las veces no pasan del anuncio, surge una realidad que hace más incomprensible aún el discurso presidencial. Veamos.  Hasta hoy se han aprobado 13 reformas estructurales y la mayor parte de ellas están dirigidas a modernizar el país a través de impulsar la economía. Sin embargo, el fenómeno de la pobreza no se ha reducido, ya que entre el 2012 y el 2014, los pobres aumentaron de 53.3 millones, a 55.3 millones, de acuerdo con datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL).

La ineficacia de esta administración para resolver asuntos del interés de las mayorías ha derivado en ingobernabilidad y falta de confianza en las autoridades, llevando a Peña Nieto a enfrenta una crisis de confianza hacia su Gobierno.  Diversas encuestas han puesto en entredicho al presidente, al ubicarlo como el más impopular desde el gobierno del ex Presidente Ernesto Zedillo. La última, publicada hace unos días por el Grupo Reforma, reflejó la desaprobación del 74% de los mexicanos a la manera en que Peña Nieto realiza su trabajo.

Le han impactado la corrupción desmedida y cínica, por hablar de uno de los múltiples factores de su caída. Y consciente de que la corrupción se ha colocado en boca de la ciudadanía, el Presidente Peña Nieto pidió perdón el 18 de julio por la fuerte controversia que desató la “Casa Blanca”, una propiedad habitada por su familia, construida por uno de los principales contratistas del Estado, el Grupo Higa. Pero hace una semana la pareja presidencial reincidió en el escándalo por un inmueble, esta vez en Miami: el departamento 404 del Ocean Club en Key Biscayne, que ha sido prestado a la pareja por el empresario mexicano Ricardo Pierdant, quien se dice ser amigo de Peña. El empresario no sólo presta su inmueble, sino que incluso pagó el primer año de los impuestos de otro departamento de Angélica Rivera.

Este episodio muestra la estrecha relación del poder político con el poder económico, no para hacer gobierno, sino para hacer favores y negocios. En el marco del Foro Empresarial Anticorrupción, el empresario José Medina Mora reconoció que en gran parte de los casos de corrupción que existen en el país un empresario está involucrado, señalando que  “detrás de un funcionario corrupto hay un empresario”.

El mes pasado el Congreso aprobó el Sistema Nacional Anticorrupción (SNA) un compendio de siete leyes que buscarán mermar la incidencia de la corrupción, sin embargo, un gran número de académicos, analistas y ciudadanos se muestran escépticos de que pueda dar resultados a gran escala dada la larga cadena de intereses y complicidades. Se estima que la corrupción le cuesta a México el 15% del Producto Interno Bruto, de acuerdo con un informe del Banco de México del 2015. Pero cuando el presidente define a la corrupción como un “tema cultural”, no sólo da, de manera subliminal, luz verde a actos de corrupción. Para los políticos, de acuerdo al credo de Peña Nieto, la corrupción es parte de la cultura y por eso se justifica practicarla, tolerarla, entenderla y asimilarla.

Peña Nieto no sabe que en política sucede como en las matemáticas: todo lo que no es totalmente correcto, está mal.  Son malas noticias.

fernandocorzantes@yahoo.com.mx

 

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