El discurso, el error y la desconfianza

Por: Ricardo Carapia

Durante la promulgación de las leyes del Sistema Nacional Anticorrupción, y al pedir perdón a los mexicanos por la llamada Casa Blanca, el presidente Enrique Peña Nieto señaló un hecho incontrovertible, haya sido sincera o no la disculpa: “No obstante que me conduje conforme a la ley, este error afectó a mi familia, lastimó la investidura presidencial y dañó la confianza en el gobierno”.

Consecuencias no solamente de una acción que creó sospechas plenamente fundadas, sino de errores de comunicación de la Presidencia, los cuales han sido constantes en diferentes momentos y situaciones, que son tema para otra ocasión. Hoy, pedir perdón, en voz del Presidente de la República, debe de suponer arrepentimiento (político al menos), e intención de resarcir el daño; por lo cual suponemos que la gran y última apuesta de EPN como su legado a la nación es el Sistema Nacional Anticorrupción, tanto por salvar el cuello a largo plazo para él, su  familia y su partido; como porque la gran reforma que prometía ser la Educativa, parece por momentos caerse a pedazos, mientras que la Energética aún debe comprobar su eficacia ante la crítica de la población a los gasolinazos.

Cabe recordar que los niveles de aprobación de EPN sufrieron uno de sus más duros reveses en lo que va del sexenio a partir de las revelaciones sobre la Casa Blanca, además de los pobres resultados obtenidos en las recientes elecciones, restándole además a los gobernantes del PRI tan decepcionantes como funcionarios y vergonzantes como seres humanos (léase Veracruz y anexos); amén de situaciones sociales alarmantes en todo el país. No se vislumbra hasta ahora más que un repunte de la oposición en manos de Ricardo Anaya, Alejandra Barrales y Andrés Manuel López Obrador.

Sin embargo, el apunte hoy es sobre esa frase clave en su discurso, que hoy muchos alaban y otros muchos analizaron superficialmente. Conducirse conforme a la ley, no implica necesariamente hacer lo correcto, y de ninguna manera es suficiente para ser autoridad moral en ningún tema. El llamado costo político, tan démodé y que hoy busca retomar su lugar en el discurso como escudo ante la crítica, ha de analizarse con detenimiento por parte de los actores políticos y sus asesores.

Los golpes de timón se valen, cambiar de opinión es de sabios. Aceptar los errores y corregirlos te fortalece; saber cómo decirlo te encumbra. Subestimar a tu pueblo, te hunde. El desarrollo incesante de la tecnología, la gran capacidad de abrevar información en minutos, la inmediatez de las redes sociales, y los mecanismos de transparencia y difusión que hace solamente 15 años no eran posibles, son parte del panorama. Hoy un ciudadano puede dar cuenta de un hecho, investigar o no sobre el mismo y marcar una posición al respecto, sea a favor o en contra, y darla a conocer a un gran número de personas en cuestión de segundos.

Sin embargo, el tener reacciones en contra no implica un ataque de facto contra nadie. Refleja en muchos casos, como usted y yo hemos constatado en nuestros propios círculos sociales; un malestar por situaciones específicas e incluso ajenas al tema, que se redirigen a las redes sociales y a veces de manera encarnizada contra una figura pública, institución o cabeza de sector. El ser figura pública implica por definición ser un blanco, no solamente de elogios. No porque usted sea diputado o similares, significa que es un mártir del internet. Pregúntele a Trump, al propio EPN o a Andrea Legarreta cómo les ha ido.

Luego, súmele el pánico moral que sufre la clase gobernante ante los sectores críticos en redes sociales, en un país donde apenas el 51% de la población tenía acceso a internet en 2015.

Desgraciadamente, en otros muchos casos es parte de la guerra burda que realizan todos los bandos políticos y sus partidarios, guerra en la que todos participan aunque lo nieguen, a partir de comentarios legítimos o no, fotografías, trolls, memes, gifs, videos, grabaciones ilegales… Sin embargo, es aún más cansado ese papel tan por ellos socorrido y bastante bien conocido por el pueblo: son  víctima de “los otros”, los sin nombre, los que desde la oscuridad trabajan, “los que quieren hacer creer que somos un peligro para México”, etc.

Como gobernantes, el respeto se gana, no lo otorga por definición la investidura, pues gobiernan para sus votantes como para los que no lo fueron. Los discursos ante el manejo de crisis de las funcionarios públicos no deben estar, por tanto, en manos de agentes dogmáticos, viscerales o improvisados, pues algunos piensan que un tuitero o #influencer, es por definición un estratega multiplataforma (ver tweet de Miguel Cane)

Sobre esto, hemos escuchado últimamente discursos donde ante los señalamientos se cree que la ofensiva es la mejor defensa, discursos donde debe ocuparse la serenidad y no el burdo sarcasmo, enojándose sin estrategia de salida; lo que les ha generado a dichos funcionarios crítica inmediata cuando buscaban empatía ante una situación compleja dentro de la administración pública. Al ciudadano le está permitido exaltarse, manifestar su postura, reclamar a grito abierto si quiere. Al político, se le permite a veces. Al funcionario público, jamás.

Hay que entender la diferencia pues los errores cuestan. Ejemplos locales hemos tenido muchos, y ahora, EPN reconoce sin ambages la consecuencia de sus actos: dañó terriblemente la confianza en el gobierno.

ricardo.carapia@gmail.com
@richcarapia

 

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  1. Pedro Páramo says:

    😱👍

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